Educar para pensar, no solo para actuar: otra mirada de la educación ambiental
16 enero 2026
Redacción: agua.org.mx / Karina Bautista-Fondo para la Comunicación y Educación Ambiental, A.C.
Foto: FCEA, A.C.
En las últimas décadas, hablar de Educación Ambiental (EA) se ha vuelto común: escuchamos recomendaciones para reciclar, ahorrar agua o usar menos plástico. Sin duda, esos hábitos importan. Pero reducir la educación ambiental únicamente a acciones individuales es una simplificación que nos limita. La EA es mucho más que una lista de buenos comportamientos o solo informar sobre el ambiente. Es un proceso complejo que busca construir una comprensión crítica de cómo funcionamos como sociedad en relación con la naturaleza y cómo nuestras decisiones están conectadas con sistemas económicos, políticos y ecológicos más amplios. [1]
Uno de los bastiones de la EA es la Carta de Belgrado de 1975 donde se reconoce que la meta es formar una población mundial consciente y preocupada con el medio ambiente y con los problemas asociados, y que tenga conocimiento, aptitud, actitud, motivación y compromiso para trabajar individual y colectivamente en la búsqueda de soluciones para los problemas existentes y para prevenir nuevos.[2] Sin embargo, una crítica a esta Carta dice que el documento no cuestiona que el crecimiento económico requiere cada vez más recursos en un planeta finito, ni plantea la necesidad de frenar esa lógica. Además, no considera las profundas diferencias económicas, políticas y sociales entre Europa y América Latina, lo que limita su aplicación en contextos latinoamericanos. [3]
Al no problematizar esta contradicción, la EA tradicional deja intacta la idea de que el crecimiento económico puede continuar indefinidamente si se gestiona de forma “adecuada”. Esta narrativa se refuerza cuando la crisis socioecológica se presenta como un problema del “tipo” de desarrollo, sugiriendo que existen formas de crecimiento económico que no dependen de la explotación de la naturaleza. Diversos autores han señalado que esta visión resulta problemática, ya que mantiene al crecimiento como objetivo central, sin cuestionar sus límites ecológicos y sociales. (Leff, 2004).
Desde América Latina, estas críticas adquieren especial relevancia. Los modelos de educación ambiental formulados desde contextos europeos o del norte global suelen asumir condiciones económicas, políticas y sociales que no corresponden a las realidades latinoamericanas. La región ha estado históricamente marcada por el extractivismo, la desigualdad y la concentración de decisiones sobre los territorios[4], factores que rara vez se incorporan de manera explícita en los enfoques tradicionales de educación ambiental. Educar sin considerar estos contextos implica responsabilizar a individuos y comunidades por problemas que se originan en estructuras económicas y políticas mucho más amplias.
¿Y entonces? ¿Nos quedamos sin EA en Latinoamérica?
Por supuesto que no, los efectos de la crisis ambiental originada o no, en estos territorios también se percibe y desafortunadamente, más intensos. Una perspectiva que sería de gran utilidad incorporar es una mirada crítica que reconozca que las personas no existen de manera aislada, sino en constante interacción con otros seres vivos y con los territorios que habitan. Entender esto permite romper con la idea de que el mundo puede transformarse únicamente a partir de conductas individuales y abre la posibilidad de pensar el cambio desde lo colectivo.
Desde la EA crítica, el “¿a mí qué?” no se responde con culpa, sino con comprensión. Comprender que los problemas ambientales no son fallas individuales, sino el resultado de modelos de desarrollo que priorizan el crecimiento económico sobre la vida; que nuestras decisiones cotidianas están condicionadas por contextos sociales y económicos específicos; y que el cambio real requiere organización, participación y acción colectiva.
Así, esta pregunta deja de ser un gesto de distancia y se convierte en una invitación a reconocernos como parte de un entramado más amplio de relaciones humanas y no humanas. No se trata solo de cambiar lo que hacemos, sino de entender por qué el mundo funciona como funciona y desde dónde podemos transformarlo, juntas y juntos.
¿Qué podemos hacer?
Asumir esta mirada implica replantear qué entendemos por EA y qué esperamos de ella. No se trata de descartar los hábitos individuales, sino de reconocer que, por sí solos, no explican ni transforman las causas profundas de la crisis socioecológica.
Desde una EA crítica, el reto está en transformar los contenidos y las preguntas que se enseñan. Esto implica situar los problemas ambientales en sus contextos sociales, económicos y políticos, y abrir espacios para el análisis, el diálogo y la participación informada.
Más que ofrecer respuestas cerradas, la EA crítica abre preguntas: cómo se toman las decisiones sobre los territorios, quién se beneficia y quién asume los costos, y qué alternativas pueden construirse desde lo local sin perder de vista lo estructural. En este sentido, educar ambientalmente no es solo enseñar a cuidar la naturaleza, sino aprender a leer las relaciones de poder que la atraviesan y a imaginar formas distintas de habitar el mundo.
Pensar la EA desde una mirada crítica implica también preguntarnos qué información tenemos, quién la produce y para qué se utiliza. En el caso del agua, esto es especialmente relevante: su gestión no depende únicamente de decisiones individuales, sino de políticas públicas, marcos legales, presupuestos, infraestructura y formas de gobernanza que pocas veces son visibles para la ciudadanía.
En este sentido, el acceso a información clara, pública y comprensible es una condición básica para cualquier proceso educativo transformador. Sin información, no hay posibilidad de comprender los conflictos hídricos, ni de participar de manera informada en las decisiones que afectan a los territorios.
Desde esta perspectiva, en agua.org.mx apostamos por una EA que parte del derecho a la información y del fortalecimiento de la participación social. Poner al alcance datos, análisis y herramientas sobre la gestión del agua es una forma de contribuir a una ciudadanía más informada y activa, capaz de cuestionar, proponer y defender el agua como un bien común.
Educar ambientalmente, hoy, no es solo cambiar hábitos. Es comprender los sistemas que sostienen y ponen en riesgo la vida, y asumir que el cuidado del agua requiere conocimiento, organización y acción colectiva.
Referencias.
[1] EPA (s.f). La importancia de la educación ambiental. EPA
[2] UNESCO (05 de febrero de 2021). La Carta de Belgrado. Semarnat
[3] Alvarado Bautista, J. (03 de mayo de 2023). Sobre la necesidad de una nueva Educación Ambiental en el mundo. Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM.
[4] Gudynas, E. (2018) Extractivismos: el concepto, sus expresiones y sus múltiples violencias. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global.
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