El costo oculto del fracking
16 febrero 2026
Redacción: agua.org.mx / Karina Bautista Tovar
Investigación: Fernanda Muraira, estudiante de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental en la Universidad Iberoamericana
Foto: Canva
A principios de febrero de 2026, la administración de Claudia Sheinbaum abrió la puerta a la extracción de hidrocarburos (principalmente gas natural y aceite) mediante la fractura hidráulica o fracking, una técnica que había sido vetada durante el sexenio anterior. El objetivo, de acuerdo con lo planteado, es avanzar hacia la soberanía energética y reducir la dependencia de las importaciones de gas natural desde Estados Unidos, lo que implicaría una inversión cercana a 1,000 millones de dólares.[1]
Sin embargo, el anuncio no ha estado exento de tensiones. El proyecto enfrenta cuestionamientos sociales y políticos, lo que ha puesto sobre la mesa el debate en torno a la llamada “licencia social”. Más allá del giro en la política energética, la discusión de fondo es otra: ¿es esta la soberanía energética que queremos en un país que enfrenta una crisis hídrica y ambiental cada vez más profunda?
- ¿De qué hablamos cuando hablamos de fracking?
Aunque el término más popular es “fracking”, también se le conoce como explotación de gas shale, hidrocarburos shale o combustibles no convencionales. En realidad, el fracking no es un hidrocarburo, sino la técnica mediante la cual se extraen petróleo y gas atrapados en formaciones rocosas de baja permeabilidad, como las lutitas bituminosas. [2].
El proceso implica una perforación vertical hasta alcanzar la formación que contiene los hidrocarburos y, posteriormente, una perforación horizontal. A través de esta se inyecta a alta presión una mezcla de agua, arena y sustancias químicas altamente tóxicas que fracturan la roca y libera el gas o el petróleo. Las fracturas pueden extenderse por kilómetros, tanto vertical como horizontalmente, y los pozos tienen una vida productiva relativamente corta: entre uno y dos años. [3]
Hasta aquí, la discusión puede leerse en clave energética o económica. Pero el fracking también es, inevitablemente, una discusión sobre agua.
De acuerdo con datos de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), en Texas el uso de agua para un pozo de fracking horizontal oscila entre 7.6 y 18.9 millones de litros; para uno vertical, alrededor de 190 mil litros. No es incoherente pensar que, en caso de replicarse el modelo, las cifras en México serían similares. [4],[5]
Si se adoptara un ritmo de explotación como el estadounidense (cerca de 9,000 pozos al año, cifra que se ha sugerido como referencia para México) el volumen de agua requerido equivaldría al necesario para cubrir un consumo doméstico de 100 litros por persona al día para entre 1.8 y 7.2 millones de personas. [6] En un país con acuíferos sobreexplotados y ciudades que han enfrentado cortes prolongados de suministro, la pregunta deja de ser técnica y se vuelve cotidiana: ¿de dónde saldría esa agua? ¿de los acuíferos que ya están sobreexplotados?
Además del volumen, está el riesgo de contaminación. El fracking puede involucrar más de 750 productos químicos distintos, entre ellos metanol, benceno, tolueno, etilbenceno y xileno. [7] Tras la fractura, el agua de retorno contiene no solo arena y aditivos químicos, sino también metales pesados, hidrocarburos y materiales radiactivos presentes en el subsuelo. Su tratamiento es altamente complejo y costoso, por lo que suele almacenarse en pozos letrina, donde se han documentado fugas que pueden afectar fuentes de agua potable cercanas. Aquí los problemas de salud pública están en juego.
Para poner más en contexto ¿qué es el fracking y qué implica? Aunque ésta es la forma más “popular” de llamarlo no es la única ya que tiene nombres alternos como gas shale o hidrocarburos shale y combustibles “no convencionales”.
El fracking, en sí mismo, no es un hidrocarburo, es más bien la técnica mediante la cual se obtienen los hidrocarburos shale del subsuelo. Los hidrocarburos shale son el petróleo y gas que se encuentran atrapados en los poros de las formaciones poco permeables, las lutitas bituminosas, en el subsuelo
La forma en que se extrae consiste en la perforación vertical del suelo hasta la fuente de petróleo o gas y la subsecuente perforación horizontal para inyectar una mezcla de agua, arena y sustancias químicas a presión para extraer los hidrocarburos de los poros de la lutita. Las fracturaciones pueden abarcar kilómetros de distancia, tanto de manera vertical como horizontal, y tienen una vida media bastante corta: un pozo puede durar de uno a dos años.
Para entender la relación entre la bancarrota hídrica y el fracking hace falta profundizar en el papel del agua en la creación de pozos. De acuerdo con datos de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA por sus siglas en inglés) en Texas el uso de agua para el fracking horizontal ronda entre 7.6 y 18.9 millones de litros y para la vertical se estima en aproximadamente 190 mil litros. No es incoherente pensar que para México las cifras serían similares.
Por si el volumen agua empleado en el fracking no fuera lo suficientemente alarmante, el ritmo estadounidense de explotación de 9,000 pozos al año, el cual se ha sugerido para México, representaría un volumen de agua equivalente al necesario para cubrir un consumo doméstico de 100 litros/persona/día de entre 1.8 y 7.2 millones de personas[8]. En este escenario toda el Área Metropolitana de Monterrey se quedaría sin agua, toda la Zona Metropolitana de Guadalajara o buena parte de la Ciudad de México.
Además, el fracking genera contaminación hídrica con más de 750 productos químicos diferentes, entre ellos sustancias como el metanol, benceno, tolueno, etilbenceno y xileno. El agua que se desecha posterior a la fractura contiene tanto la arena y los químicos, así como metales pesados, hidrocarburos y materiales radiactivos que se encuentran en el subsuelo. Esta agua no puede ser tratada y, como consecuencia, se almacena en pozos letrina, en los cuales se han registrado fugas que llegan a contaminar las fuentes de agua potable de las comunidades aledañas a los pozos.
En este contexto, apostar por el fracking en 2026 (a cuatro años de la fecha límite de las metas del Acuerdo de París y de la Agenda 2030) implica evaluar no solo la rentabilidad económica, sino los costos ambientales y sociales. La expansión de infraestructura fósil no ocurre en el vacío: sucede en un país con estrés hídrico creciente, vulnerabilidad climática y conflictos socioambientales latentes.
El debate no es menor. No se trata únicamente de independencia energética, sino de decidir qué riesgos estamos dispuestos a asumir y quiénes cargarían con ellos. Mantenernos informados e informadas, seguir de cerca las decisiones del Ejecutivo y del Legislativo y conocer iniciativas como la Alianza Mexicana Contra el Fracking son pasos necesarios para participar en una discusión que, más allá de la técnica, tiene que ver con el agua y con el futuro común.
Porque entonces la pregunta permanece: ¿es el fracking un “mal necesario”?
Referencias:
[1] Castillo Jiménez, E., Suárez, K. & Raziel, Z. (04 de febrero de 2026). México abre la puerta al “fracking” tras los años de veto de López Obrador. El País.
[2] Alianza Mexicana contra el Fracking. (s.f.) ¿Qué es el fracking?
[3] Márquez, S. E. (2021). LA FRACTURA HIDRÁULICA (FRACKING) EN TEXAS Y SU TRASCENDENCIA EN LOS PROYECTOS DE ESA TECNOLOGÍA EN MÉXICO SOBRE EL USO Y CONTROL DEL AGUA UTILIZADA.
[4] Márquez, S. E. (2021). LA FRACTURA HIDRÁULICA (FRACKING) EN TEXAS Y SU TRASCENDENCIA EN LOS PROYECTOS DE ESA TECNOLOGÍA EN MÉXICO SOBRE EL USO Y CONTROL DEL AGUA UTILIZADA.
[5] Farías, C. (25 de agosto de 2025). El potencial energético de Coahuila: gas shale como motor de desarrollo.
[6] Alianza Mexicana contra el Fracking. (s.f.) ¿Qué es el fracking?
[7] Alianza Mexicana contra el Fracking. (s.f.) ¿Qué es el fracking?
[8] Alianza Mexicana contra el Fracking. (s.f.) ¿Qué es el fracking?
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