Las mujeres sostienen el agua
19 marzo 2026
Redacción: agua.org.mx / Karina Bautista-Fondo para la Comunicación y Educación Ambiental, A.C.
Abrir la llave y que salga agua no es una experiencia universal. Y sino hay agua, no todas las personas lo viven igual.
Por eso en 2026, el Día Mundial del Agua nos invita a mirar el agua desde otro ángulo: “Donde fluye el agua, crece la igualdad”. No es solo un lema, es una forma de entender que la crisis hídrica también es una crisis social, donde las desigualdades (especialmente de género) se hacen visibles en lo cotidiano. La disponibilidad limitada de agua dulce es uno de los mayores retos globales, pero su impacto no es igual para todas las personas, porque su acceso, gestión y distribución están atravesados por condiciones sociales, económicas y culturales. [1]
En muchos contextos, garantizar el agua en casa no depende de una infraestructura eficiente, sino del trabajo diario de las mujeres. Desde el acarreo hasta el almacenamiento, su labor sostiene la vida cotidiana, especialmente en escenarios de escasez. Diversos estudios muestran que, en zonas rurales de países en desarrollo, son ellas quienes asumen mayoritariamente esta responsabilidad debido a roles de género históricamente asignados.[2]
De hecho, cerca del 70% de la recolección de agua en hogares sin acceso directo recae en mujeres y niñas, una tarea que puede implicar varias horas al día (Ibidem). Este tiempo no solo representa trabajo no remunerado, también limita oportunidades educativas, laborales y de participación comunitaria.
Las consecuencias van más allá del tiempo. Cuando el agua falta, también se afecta el derecho a la educación. Las niñas tienen más probabilidades de reducir su asistencia escolar o abandonar la escuela cuando deben encargarse de recolectar agua. A esto se suma la falta de infraestructura adecuada en las escuelas, especialmente de saneamiento, que impacta directamente en la permanencia de adolescentes durante la menstruación. (Ibidem). Así, la escasez de agua se convierte en una barrera estructural que profundiza las desigualdades.
Por otro lado, transportar agua a largas distancias implica riesgos físicos, como lesiones musculares y complicaciones durante el embarazo. Asimismo, el uso de fuentes no seguras incrementa la exposición a enfermedades relacionadas con el agua, afectando de manera particular a mujeres y niñas[3].
Sin embargo, esta realidad no solo habla de desigualdad, sino también de acción. En muchas comunidades, las mujeres desarrollan estrategias para gestionar, almacenar y usar el agua de manera eficiente. A pesar de ello, su participación en espacios formales de decisión sigue siendo limitada. A nivel global, representan una proporción reducida de la fuerza laboral en el sector agua y están subrepresentadas en cargos de gobernanza. [4] La evidencia muestra que esta exclusión no solo es injusta, también limita la efectividad de las soluciones. Los proyectos de agua que incorporan la participación de las mujeres tienden a ser más sostenibles y exitosos, ya que integran conocimiento local y responden mejor a las necesidades de las comunidades. [5]
También implica invertir en su formación y liderazgo. No basta con que participen, es necesario que cuenten con herramientas técnicas en gestión hídrica, saneamiento o monitoreo, así como con espacios de formación y liderazgo comunitario que fortalezcan su autonomía y capacidad de incidencia. A esto se suma un punto clave: el acceso a recursos. Impulsar proyectos liderados por mujeres requiere financiamiento, desde créditos hasta fondos climáticos con enfoque de género, que permitan escalar soluciones locales y sostenibles.
Y algo que suele quedar fuera: reconocer el conocimiento local. Las mujeres no solo usan el agua, la entienden. Incorporar sus saberes en sistemas de monitoreo participativo, gestión comunitaria y soluciones basadas en el contexto es clave para construir respuestas más efectivas.
Pero nada de esto ocurre en el vacío. Existen barreras que lo dificultan, las normas sociales que limitan su participación, violencia estructural y una sobrecarga de trabajo doméstico que reduce su tiempo disponible. Por eso, avanzar hacia una gestión más equitativa también implica redistribuir responsabilidades, generar condiciones seguras de participación y transformar los roles de género desde lo cotidiano.
Si algo nos deja este Día Mundial del Agua es que la igualdad no ocurre por sí sola. Se construye en lo cotidiano, en las decisiones y en a quién escuchamos. Quizá la pregunta más importante no es solo qué está pasando, sino qué estamos dispuestas y dispuestos a cambiar.
Referencias
[1] Naciones Unidas (s.f.) Agua y género. UN Water.
[2] Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y Organización Mundial de la Salud (OMS). (2023). Progresos en materia de agua para consumo, saneamiento e higiene en los hogares 2000-2022: el género en el punto de mira. Nueva York.
[3] OMS (2023). Drinking-water.
[4] Banco Mundial. 2019. “Las mujeres en las empresas de servicios de agua: Derriban barreras”. Banco Mundial, Washington, DC
[5] GWP. (2014). Estrategia de Género de GWP.
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