Río, con el agua al cuello

12 abril 2010

12 de abril de 2010
Fuetne: El Tiempo
Nota de Andrea Domínguez

Bomberos, socorristas y vecinos en mangas de camisa siguen trabajando sin descanso en la búsqueda de 150 desaparecidos, tras un deslizamiento de 50 metros en el Morro de Bumba, una ‘favela’ construida sobre un antiguo relleno sanitario del municipio de Niteroi, vecino de Río.

De hallarse a estas personas bajo los escombros, la tierra y la basura que ocultaba la montaña, se sumarían a los 200 muertos ya encontrados en ese y otros deslizamientos en Río de Janeiro y otras ciudades del Estado, consolidando las cifras de uno de los mayores desastres en número de víctimas en la historia del país.

La tragedia parece un símbolo casi literal de que la basura escondida debajo del tapete, tarde o temprano tiene que salir.

La basura son los años de demagogia y populismo que han alimentado el crecimiento de las favelas a cambio de votos. Pero los recientes aguaceros les han llevado el agua al cuello a los gobernantes de todo el Estado con un anuncio perentorio: la reubicación definitiva de las personas que tienen su vida colgando de un pedazo de tierra flojo no da más espera.

Aunque algunos habitantes de la favela optaron por la explicación apocalíptica “es cosa de Dios” y  los mandatarios de turno le echaron la culpa a la naturaleza, la gran mayoría de los cariocas responsabilizó a los políticos: “Sí, la culpa es de la naturaleza, pero de la naturaleza de los gobernantes irresponsables y omisos”, resumió un lector de ‘O Globo’.

El alcalde de Río, Eduardo Paes, se puso al frente de las operaciones de rescate y pidió a la gente no salir de su casa durante dos días, a menos que fueran habitantes de laderas, caso en el cual deberían evacuar de inmediato. Pero, ¿y a dónde ir? ¿Quién ofrecería abrigo a los damnificados? ¿Cómo proteger sus pertenencias y a dónde habrían de volver ante la ocurrencia de un eventual deslizamiento que arrastrara la casa sobre la cual han edificado sus vidas?

Todas preguntas sin respuesta que terminaron por disuadir a gran parte de los habitantes de zonas de riesgo a quedarse en las húmedas laderas, rezando para que el Apocalipsis no llegase hasta allí.

Es evidente que aparte del manejo de la crisis, la responsabilidad de lo sucedido no recae sobre las administraciones que llevan un año al frente de las ciudades del estado. La gran mayoría de los fluminenses coinciden en que la tragedia es, sin duda alguna, atribuible a la demagogia de los políticos, que no sólo se han hecho los de la vista gorda frente a la urbanización pirata en las favelas, sino que han llegado incluso a estimularla con tal de obtener votos.

No es la primera vez que viviendas construidas sobre terreno inestable son arrastradas por deslizamientos de tierra. En 1960 ya hubo desprendimientos fatales como consecuencia de fuertes lluvias, pero el crecimiento de estas áreas solo ha aumentado y hoy día 20 por ciento de la población carioca habita en favelas. De acuerdo con un informe conservador, presentado por la Prefectura de Río en enero pasado, 12.196 domicilios de la ciudad necesitan reubicación inmediata.

No solo los barrios construidos sobre laderas están en peligro; también lo están aquellos construidos sobre rellenos sanitarios y en las márgenes de ríos, lagunas y bahías, contaminadas o no, que pueden ser afectadas por inundaciones.

Esta no es una característica exclusiva de Río, sino común a diversas ciudades latinoamericanas y de países en desarrollo, que se empeñan en mantener viejos esquemas de urbanización pirata, a costa del bienestar y la vida de los más pobres. Fue una denuncia recientemente subrayada durante el Foro Urbano Mundial Hábitat, realizado precisamente en Río de Janeiro.

La imagen del deslizamiento de un sector de la favela construida sobre un basurero ha herido profundamente el alma brasileña. El país intenta afianzarse en su reciente rol de potencia regional y de nación pujante que lucha contra la miseria y la inequidad que divide su sociedad.

Es mucho lo que hay por hacer, pero para lograrlo se debería empezar por lo más urgente, como devolverles a las montañas que atraviesan a Río de Janeiro su papel exclusivo de reservas naturales y a quienes hoy las habitan, un lugar de residencia digno, seguro y conectado con el resto de la ciudad. Y más vale hacerlo antes de que empiece de nuevo a llover.

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