Ciclo del agua.

08 noviembre 2017 Agua

Aún cuando se ha dicho que la Tierra es un planeta azul, la mayor parte del agua en el mundo  se encuentra en forma de hielo, glaciares o nieve, es agua salada o corresponde a agua subterránea de difícil acceso. El agua disponible que ha hecho posible la vida y ha permitido el desarrollo de nuestras sociedades, representa menos del 1 % del agua total en el planeta.

Esta agua se mantiene y se renueva permanentemente a través del ciclo natural que ocurre en los territorios delimitados por su relieve, llamados cuencas.  En ellas  el agua pasa por sus diferentes estados físicos (líquido, gaseoso y sólido); y este trayecto da lugar al ciclo del agua.

Describamos este ciclo un poco más a fondo:

En México aproximadamente 6 %  del agua que llueve en una cuenca, se infiltra a través del suelo y recarga los acuíferos. Otra parte, cerca del 25%, escurre por ríos y arroyos,  se concentra en lagos y lagunas, y/o desemboca al mar.

El restante 69%  se evapora directamente  o a través de las plantas en el  proceso llamado evapotranspiración, mediante el cual vuelve a la atmósfera, forma las nubes,  se condensa y cae nuevamente a la tierra, en forma de lluvia o nieve.

Este proceso es el que permite tener agua de calidad y en cantidad suficiente,  es lo que hace del agua un recurso renovable y los ecosistemas juegan un papel fundamental en su preservación; utilizan el agua para mantener su equilibrio y funcionamiento, mantienen la humedad del suelo  y,  al permitir su infiltración hacia el acuifero, ejercen una función limpiadora y se convirten de alguna manera en una planta natural de tratamiento; son los proveedores del agua necesaria para nuestro desarrollo.

Pero en las cuencas también ocurren todas las actividades que realizamos como sociedad: habitamos en ciudades o pequeños pueblos, sembramos, fabricamos los productos que consumimos y día a día transitamos por ese territorio.

Nuestras actividades cotidianas modifican el ciclo del agua:

La deforestación, el crecimiento de la mancha urbana y la expansión de algunas actividades productivas, como la agricultura y la ganadería, reducen significativamente el área que permite la infiltración  a través del suelo para recargar los acuíferos. Al extraer más agua de la que permitimos que se infiltre, generamos un déficit en el volumen disponible para nosotros y los ecosistemas

Por otro lado, la mayor parte de los  procesos productivos y las actividades humanas generan residuos que eventualmente llegan al agua y modifican su calidad;  la contaminan convirtiéndola en una sustancia nociva o tóxica  para  la salud humana y la de los ecosistemas, o no apta para ser aprovechada en nuestras actividades.

Ante este panorama debemos reflexionar:

Si estamos usando más agua de la que está disponible y además estamos modificando su calidad a través nuestros residuos,  ¿Es posible continuar afirmando que el agua es un recurso renovable? ¿Conviene verla como un recurso que siempre estará disponible?  Desde luego que no, debemos construir una nueva relación con el agua y tratar de reestablecer su dinámica natural.

Para esto sería importante:

  • Planear el crecimiento urbano.
  • Conservar y restaurar los ecosistemas.
  • Disminuir o evitar el uso de fertilizantes y pesticidas en las actividades agrícolas.
  • Disminuir y evitar descargas industriales a cuerpos de agua o al drenaje.
  • Tratar las aguas residuales.

Adicionalmente, cada uno de nosotros  podríamos  modificar nuestros hábitos de consumo:

  • Procurar usar sustancias biodegradables para el aseo personal y de nuestra casa.
  • Evitar tirar solventes, aceites, pinturas, medicinas  y desechos al drenaje, los ríos y lagos o al suelo directamente.
  • Reusar el agua.
  • Evitar el desperdicio.

Éstas son sólo algunas de las tareas que podemos realizar individual o colectivamente, para restablecer este ciclo y garantizar con esto agua suficiente y de buena calidad para desarrollar nuestras actividades.

 

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