Agónico fin de Chapala: lo que queda del lago

09 febrero 2015

 

El lago más grande del país y el tercero en América Latina, cuya imagen inspiró canciones como Chapala, de Pepe Guízar, que hace alusión al rumor de las olas y redes de pescadores, perdió su magnificencia: en diciembre apenas estaba a 50 por ciento de su capacidad, de acuerdo con el cálculo de Ricardo y con datos del Comité Estatal de Agua de Jalisco.

Pero esto no es nuevo. A principios de la década pasada, la superficie del lago estuvo cubierta tan sólo en 15 por ciento, lo cual hizo que habitantes de la zona buscaran extender sus actividades agrícolas o ganaderas a la planicie del embalse, por lo que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) entregó concesiones de terrenos. Unos años después el agua retomó su nivel, pero no ha vuelto a tener el paisaje que hizo de este lugar, durante varios decenios del siglo pasado, el sitio de descanso de las familias pudientes de Guadalajara.

El problema del lago de Chapala es histórico, tiene al menos 25 años, señala Manuel Villagómez, presidente de la Fundación Cuenca Lerma Chapala Santiago. Al embalse siempre se le ha quitado agua: actualmente abastece a 60 por ciento de la población de Guadalajara. Además hay una guerra por el líquido entre Jalisco y Guanajuato; éste lleva las de ganar, ha hecho campañas abiertas en contra del lago y el gobierno de Jalisco no apoya a su gente.

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Dice en entrevista que desde el río Lerma (que empieza en el estado de México) el agua viene contaminada por la industria y las granjas porcícolas, pero este cauce, al pasar por Guanajuato, pierde abundancia, ya que 90 por ciento de los escurrimientos que deberían dirigirse al lago se quedan en ese estado, en la presa Solís o en la laguna de Yuriria.

No sólo de Guanajuato quitan agua al lago de Chapala, sino que ahora de Los Altos de Jalisco se quieren llevar el recurso a León, con la presa y el acueducto El Zapotillo. Pocos casos hay donde un gobierno va en contra de su gente para mandar agua a otro estado, señala.

Recuerda que en 1989 Carlos Salinas de Gortari, entonces presidente de la República, firmó un convenio para conservar el embalse con gobernadores de las entidades que son parte de la cuenca Lerma Chapala Santiago: Guanajuato, Michoacán, Jalisco, Querétaro, Aguascalientes, Nayarit y estado de México. Se prometió una inversión de 110 mil millones de pesos para saneamiento de la cuenca. Nadie cumplió y no se logró la conservación, al contrario: Desde entonces lo que se hizo fue extraer agua del embalse.

A fines del siglo XIX, el lago tenía una superficie de 164 mil 659 hectáreas; después, entre 1902 y 1910 se construyeron diques en el extremo este del embalse y el encauzamiento del río Lerma en el tramo de confluencia con el lago de Chapala. En ese entonces se drenaron y secaron unas 50 mil hectáreas de humedales.

Hacia los años 50, Guadalajara empezó a enfrentar problemas de escasez de agua, y en 1953 se determinó extraer líquido del lago por el río Santiago, el canal Atequiza y Las Pintas. Actualmente la superficie del embalse es de 114 mil hectáreas, pero sus dimensiones varían de acuerdo con el nivel de agua, indica el Expediente de hechos lago de Chapala de la Comisión de Cooperación Ambiental de América del Norte.

El espejo de agua tiene diversidad de aves acuáticas y terrestres, residentes y migratorias. Desde 2009 fue designado sitio Ramsar, convenio internacional que agrupa los humedales más importantes del planeta. De acuerdo con la ficha con que se inscribió el lago a la convención, 90 por ciento de su superficie se encuentra en Jalisco y el resto en Michoacán. Funciona como regulador de la cuenca Lerma Santiago y ahí se encuentran especies amenazadas o en riesgo de extinción como el charal, el pescado blanco campamacho y el blanco trompudo, todos ellos afectados por los inestables caudales de agua.

Villagómez hace un recuento de las negociaciones que gobiernos de Jalisco y Guanajuato han hecho para extraer agua del espejo de agua y el río Verde, ambos parte de la cuenca Lerma-Santiago. El capítulo más reciente es el cuestionado proyecto de la presa El Zapotillo, en el río Verde, y el acueducto con el que se llevará líquido de esta presa a León.

Y en lo que queda del lago, con áreas cubiertas de lirio y contaminación, Ricardo Montes aún trabaja de lanchero, actividad en la que labora desde hace dos décadas. A sus 40 años piensa que no podría dedicarse a otra cosa y se emociona cuando describe los recorridos turísticos que hace: Se visita la Isla del Presidio, Mezcala y Ajijic, pero se lamenta porque el lago y el turismo siempre son volubles.

De pie, de playera blanca y pantalón de mezclilla, espera a unos metros del malecón, en el jardín, junto al letrero en el que se promueven los paseos; hay escasos caminantes. Mi papá fue lanchero, es una tradición pero ya no quiero que continúe en mi familia. Uno de mis hijos, el más chico, quiere su lancha. Yo le digo que no, que mejor estudie, que haga una carrera.

Explica que aunque no haga ningún viaje durante un día, para mí es un trabajo venir a pararme aquí a esperar. La cooperativa de lancheros turísticos cuenta con 40 embarcaciones y emplea a 50 personas.

Montes señala que en la orilla del lago hay lirio y se ve suciedad, pero adentro cambia el paisaje. Se ve una variedad de colores. Se pueden degustar platillos típicos, charales, la salsa Lago de Chapala, la mojarra dorada, con un caballito de tequila. Rememora: Dicen que en 1960 el agua salía a las calles, se desbordaba el lago. También nos cuentan que en 1972 el agua subió hasta la iglesia. De la grandeza del lago quedan las historias.


09 de febrero de 2015
Fuente: La Jornada
Nota de Angélica Enciso L.

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