Lecciones de un viaje al desierto de Néguev
Las rebanadas de sandía se veían jugosas. También los trozos de melón. Llené un tazón con ambas y entre ellas algunos higos. El sabor era dulce e intenso. Sólo horas más tarde descubriría que esas frutas, así como los cientos de toneladas que cada año exporta Israel hacia Europa y Asia, no sólo son cultivadas en el desierto sino que crecen gracias a las aguas residuales tratadas de casi ocho millones de personas.

