La historia detrás del tour al río más tóxico de México

22 agosto 2017 Agua

19 de agosto de 2017
Fuente: El Espectador
Nota: María Paula Rubiano

Un grupo de mexicanos se propuso denunciar a los que convirtieron las aguas del Santiago en las más contaminadas de su país. Fueron amenazados y respondieron creando paseos para mostrar el horror de este ecocidio.

Cuando Enrique Enciso era un niño, en su casa había un único libro. En ese entonces, El Salto, el pueblo mexicano donde vivía con su mamá y sus hermanos, todavía era una colonia industrial que había sido fundada a finales del siglo XIX por la textilera Río Grande. La empresa, cuenta Enciso, “hizo las casas, trajo gente, el futbol, la cantina, todo”. En los patios de las casas, las carpas (una especie de pez) colgaban bajo el sol, al lado de la ropa que antes habían lavado en el río Santiago.

Enrique Enciso dice que era pobre y que, cuando no estaba jugando y pescando carpas en el río, estaba leyendo un volumen de la enciclopedia de su mamá. Recuerda que leyó una y mil veces la entrada sobre el salto de Juanacatlán, un monumento natural de 20 metros de altura y 167 metros de ancho que se erigía a la salida de su pueblo. “Nunca se me olvida que decía que, por su caudal, esa cascada era considerada la séptima más imponente del mundo”, recuerda.

Cincuenta años más tarde, Enciso dirige un recorrido turístico que culmina con la visita a esa cascada, “el Niágara mexicano”. Antes, los asistentes ya han recorrido palmo a palmo los 41 kilómetros de El Salto.

“Somos el culo de Guadalajara”, dice Sofía Enciso, hija de Enrique, sobre el pequeño municipio. Allí no sólo llegan 250 litros de aguas fecales cada segundo a través del río Santiago y sus afluentes, sino que se han asentado 300 empresas que vierten desechos tóxicos en esas aguas. Y, por si fuera poco, desde 1998 llegan 5.000 toneladas de basura a Los Laureles, el relleno sanitario más grande del estado de Jalisco. Los lixiviados, que una investigación del profesor Gerardo Bernache calculó ascienden a 24 litros por segundo, escurren en un arroyo que termina, cómo no, en el río Santiago.

Al llegar a las cascadas de Juanacatlán, los visitantes del tour ya lo han visto todo. Pero allí, los ojos se chocan con una pared de espuma y la nariz con el olor a huevo podrido de los más de mil contaminantes que se han registrado en el río Santiago. El paisaje se completa con una autopista que se dirige hacia Guadalajara y atraviesa las aguas, y un parqueadero que se asentó sobre lo que antes era el cauce del Santiago.

Ante esas aguas intoxicadas concluye el recorrido turístico que sus creadores bautizaron como Tour del Horror.

Un pueblo ahogado

“Primero se murieron los peces. Luego se murieron los árboles. Y ahora se está muriendo la gente. Y además se está muriendo por una muerte que no eligieron, pues. Y el Estado, en su ida hacia adelante, ha hecho todos los esfuerzos por ocultarlo”.

Enrique Enciso habla desde la sala de su casa, en El Salto. Al pueblo lo atraviesa el río Santiago, que aunque apenas roza a la ciudad de Guadalajara, recibe, a través de arroyos y caños, las aguas llenas de excrementos de ese monstruo de millón y medio de habitantes.

Antes de 2011, sus aguas entraban, sin tratamiento alguno, a El Salto.Pero por iniciativas como Un Salto de Vida, el colectivo que fundó Enciso hace 12 años, el Gobierno se vio obligado a construir una planta de tratamiento biológico (PTAR) en la entrada al municipio, que puedetratar hasta 2.250 litros de agua por segundo.

No es suficiente: en 2016, un informe de Greenpeace México demostró que las aguas salen de la planta con 101 compuestos orgánicos semivolátiles, 56 de los cuales no han sido regulados en México, a pesar de que, en palabras de la ONG, “se ha comprobado que pueden ser cancerígenas, provocar disrupciones hormonales, o generar daños y malformaciones en fetos y en los sistemas reproductivos femeninos y masculinos”.

“Esas inversiones milmillonarias sólo tratan los nitratos, nitritos y fosfatos, es decir: la mierda y la espuma. Hacen un trabajo estético, pues. Cuando hay poco cauce, el agua puede ser transparente, pero es un agua homicida”, dice Enrique Enciso.

Sobre el río Santiago se construyó una autopista que va hacia Guadalajara. Para un Salto de vida, ese tipo de acciones demuestra el afán del Estado de borrar la memoria sobre la magnitud del río. / Greenpeace México. Tomada de El Espectador

Allá donde se cayó Miguel Ángel

El 26 de enero de 2008, Miguel Ángel López estaba jugando con su pelota a orillas del río Santiago, en el barrio La Azucena. En un rebote inesperado, el juguete cayó al agua. El niño se zambulló para buscarlo, y apenas lo recogió, salió. Esa noche el vómito no lo dejó dormir. Lo llevaron al hospital. En las horas siguientes, diarrea y fiebre se añadieron a su cuadro clínico. Cayó en coma y 19 días más tarde, Miguel Ángel López, de ocho años, estaba muerto. Causa de defunción: intoxicación por arsénico. Su sangre tenía niveles 400 % más altos que el máximo permitido.

Al principio, los médicos que lo atendieron en el Hospital General de Occidente sospecharon de una intoxicación por consumo de algún derivado del opio. Pero el sol no se puede tapar con los dedos: aguas arriba de donde murió Miguel Ángel López se ubica buena parte de las 300 empresas que descargan legal e ilegalmente sus residuos en el río Santiago.

Las empresas empezaron a asentarse en las riveras del río en 1967, cuando el gobierno central instaló allí el primer Parque Industrial de Guadalajara. En 1971 se registraron las primeras muertes masivas de peces. ¿La respuesta estatal? Lotificar y vender tierras para el Fraccionamiento Industrial El Salto. En la década de los ochentas se instalaron 62 industrias, con 107 permisos de vertimientos legales. Hay por lo menos otros 200 que se hacen de forma ilegal.

La magnitud de la catástrofe no es menor. un estudio del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA) encontró un total de 1.090 sustancias tóxicas, productos químicos y metales en el río, principalmente provenientes de las industrias que vierten sus residuos en él. Representantes de la ONU visitaron El Salto en 2016 y en el informe posterior a su visita calificaron al río Santiago como el “más contaminado en México”.

Por eso, los baldes llenos de mangos, guayabas, limones, nopales y aguacates ya eran cosa del pasado cuando Sofía Enciso nació. Ella también jugó en el río, pero no nadando con ranas, tortugas y nutrias, como su padre, sino tirándose con sus hermanos la espuma putrefacta que pasaba a 200 metros de su casa.

Sofía Enciso escuchaba hablar a sus padres y a sus tíos sobre un río en el que pasaron su niñez. Mencionaron lugares que ella conocía, pero no entendía dónde estaba ese río. Un día preguntó. Le respondieron: pues el que está aquí, a unas cuadras, a unos metros. “Y ese fue el momento en el que tomé conciencia. En ese momento algo te mueve, algo te dice: pucha, un río con esa magnitud, con esa potencia, con esa energía, ¿ahora no representa nada, sólo la muerte?”, cuenta Sofía Enciso.

Era 2005 cuando Enrique Enciso, su esposa, Graciela González, sus primos, amigos y vecinos, se unieron en Un Salto de Vida. Organizaron marchas, empezaron a recorrer cada tramo de El Salto para identificar los puntos más graves. Sofía Enciso y sus amigos escuchaban a los mayores, tratando de recuperar esa memoria que, en sus palabras, la indiferencia estatal estaba empeñada en borrar.

El río Santiago antes de llegar al municipio de El Salto. / Greenpeace México. Tomada de El Espectador

Una historia de terror

Cuando Miguel Ángel López murió, Un Salto de Vida llevaba tres años exigiendo a las autoridades que hicieran algo. Tenían documentado, con fotos y archivos, la contaminación que los rodeaba. En 2008, un joven (cuyo nombre se reservan los integrantes de Un Salto de Vida) estaba tomando fotos al arroyo de lixiviados en el basurero Los Laureles, abierto a finales de los años noventa.

“Entonces lo detuvieron y lo acusaron de haber entrado al basurero sin permiso. Nosotros fuimos a la cárcel a ver cómo estaba, junto con su papá, y nos dijeron: ‘El juez viene mañana a las 9 a.m.’ Al otro día volvimos y a su papá le dijeron: ‘No, no está, nunca fue detenido’”. Si su padre no hubiera conocido al jefe de policía de Jalisco, él nunca habría aparecido, dice Sofía Enciso.

Fue entonces cuando se inventaron el Tour del Horror como una forma de hacer los recorridos con ojos externos que los protegieran. Medios de comunicación, fotógrafos, universidades y organizaciones ambientales se interesaron. Los visitaron 500 personas de la Universidad del Valle de Atemajal (Univa). Los visitó Greenpeace, que desde entonces ha sido activa vocera de la causa.

Las autoridades locales y las empresas sepultaron algunos lugares claves, pusieron rejas, bloquearon caminos, contrataron vigilantes. Los Enciso González se acostumbraron a que los señalaran, a que les tomaran fotos en la calle. En el documental “Silent River”, Sofía Enciso cuenta que “había personas que estaban todo el tiempo observando. A veces piensas: ¡Ah sí, siempre me siguen, ya los conozco, no importa, no me hacen nada!”.

Pero las amenazas que llegaron por debajo de su puerta a finales de 2012 fueron demasiado. Las llamadas, también. “Les cortaremos la lengua, ustedes son los siguientes”, decían. Un buen día, la familia salió de casa y no regresó. Se escondieron durante un año exacto y regresaron el 17 de noviembre de 2013, protegidos por policía federal. “Pensamos que con la gente de acá somos una familia grande, a lo mejor acá nos pueden defender más”, dice Enrique Enciso. Hace un año, el Gobierno les retiró el mecanismo de protección con el que volvieron a El Salto.

Por esa misma época, el documentalista Eugenio Polgovsky se ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine Medioambiental con el documental “Resurrección”, que narra la lucha de los Enciso.

Una fotografía de uno de los arroyos del municipio de El Salto. / Natalia Fregoso – Greenpecae México. tomada de El Espectador

El río de los nueve infiernos

Cuarenta años se tardaron en asesinar al río Santiago. Enrique Enciso tiene poca fe en que pueda recuperarse. Dice que están ya en un punto de no retorno, “porque, ¿cuándo volverán los matalotes, las sardinas, el pescado blanco, las nutrias, los árboles? ¿Cuándo regresarán?”. Sabe que su lucha es estéril. Dice, sin cambiar el tono, sin que la voz resbale, que “con todas las acciones que hemos adelantado sólo hemos obtenido admirables derrotas”.

Si bien en 2009 la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco (CEDHJ) emitió una recomendación para salvar el río que comprende 205 puntos, una investigación realizada por el diario Milenio demostró que en 2016, ocho años más tarde, el cumplimiento de la recomendación era de apenas 46 %.

Una panorámica del río Santiago a la altura de las cascadas de Juanacatlán. / Greenpeace México. Tomada de El Espectador

Algo parecido ha sucedido con el monumental fallo que, con 72 órdenes a 19 entidades de la nación y 46 municipios, pretende descontaminar el río Bogotá. Pero hasta ahora camina a paso lento: de hecho, en mayo pasado nueve entidades fueron sancionadas por incumplir lo ordenado por el Consejo de Estado en 2014. Tanto así que el próximo 12 de septiembre, por orden de la Procuraduría, todas las entidades mencionadas en el fallo tendrán que rendir cuentas de lo que han hecho en estos dos años.

Pero, a pesar de sus “admirables derrotes”, los Enciso siguen. ¿Por qué? Sofía Enciso lo dice clarito: porque están “encabronados”. Porque saben que son un ejemplo de lo que no se debe hacer. Que la suya es una crónica del futuro del mundo, “una oportunidad para entender lo que sucede y la forma como están armados los procesos de producción y la necesaria devastación que traen”, dice la joven de 24 años. Porque lo suyo es una probadita de un apocalipsis que en Colombia está latente.

 

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