La Ciudad, el agua y su memoria

13 junio 2017

10 de junio de 2017
Fuente: El Universal
Nota: Leticia Bonifaz Alfonzo

Todos los gobernantes del México Tenochtitlan —desde Moctezuma Ilhuicamina hasta Miguel Mancera— han tenido que enfrentarse en mayor o menor medida a la ira de Tláloc. Las lluvias han provocado, históricamente, inundaciones más o menos severas por las particularidades del lugar en donde la Ciudad fue fundada, sumado a los excesos urbanos supervenientes.

El pequeño islote creció hasta llegar a ser la Ciudad desbordada que hoy habitamos. En la época prehispánica se idearon albarradones; durante la colonia comenzó la desecación de grandes extensiones de los lagos y se construyeron túneles y tajos. En la vida independiente, Lucas Alamán, cuando se discutía la Constitución de 1824, llevó a tribuna el tema del agua en la Ciudad de México —que estaba por convertirse en Distrito Federal—. La inestabilidad política del siglo XIX impidió que se realizaran las grandes obras hidráulicas que se tenían planeadas y fue hasta la primera reelección de Porfirio Díaz cuando se comenzó a construir el Gran Canal de Desagüe que se inauguró en 1900. Con la obra se buscaba sacar por gravedad el agua de la cuenca. Con el tiempo, los hundimientos derivados de la extracción de agua y el subsuelo arcilloso propio de la zona lacustre, provocaron que se perdiera la inclinación y la pendiente se fuera haciendo casi nula. La magna obra se volvió insuficiente a mitad del siglo XX, cuando además, se tomó la decisión de entubar los ríos y terminar de secar los canales que por el agua estancada, eran foco de infecciones. El más importante, el de La Viga, comenzó a ser rellenado en 1940 y pavimentado en 1957.

El drenaje profundo se inauguró en 1975. Está compuesto por un emisor central e interceptiores que captan y redirigen las aguas. El Túnel Emisor Oriente será la primera obra del siglo XXI pero su conclusión no se ve cerca aún.

El crecimiento urbano continuó saturando la cuenca y aún las faldas de las montañas que la rodean. Se ha ido perdiendo lo que se conocía como suelo de conservación y los riesgos han aumentado.

La Constitución de la Ciudad de México reconoce estas dificultades. Así, en el artículo 16 señala que es necesario prever “políticas especiales que sean eficaces en materia de gestión hidrológica”, ello, en función del “escenario geográfico, hidrológico y biofísico en que se localiza la Ciudad de México”. El Constituyente asumió que estas particularidades deben ser tomadas en cuenta porque son las que hacen a la ciudad vulnerable. Así, en el propio artículo 16 se dice que “las acciones en materia de agua deberán llevarse a cabo con perspectiva metropolitana y visión de cuenca”.

Ya se ha señalado que uno de los problemas que tendrá la Constitución en su aplicación serán los siempre limitados recursos públicos para atender las obligaciones a cargo del gobierno. Por lo que respecta al agua, hubo un recorte de gran magnitud en este 2017.

En relación con las inundaciones que sufrió el sur de la Ciudad hace unas semanas, se insistió en que parte del problema lo provocamos los ciudadanos al tirar basura en lugares no idóneos. Esto sin duda contribuye a agravarlo, pero no es todo. Las labores de desazolve en tiempo de secas son muy importantes.

Conozco a trabajadores del Sistema de Aguas que hacen lo humanamente posible con los recursos disponibles. Me consta su pasión y entrega. Muchos de ellos llevan toda la vida al servicio de la Ciudad y han tenido que cargar con esta responsabilidad para mantenerla viable desde sus entrañas. La Constitución no va a resolver los problemas prácticos aunque haya intentado armonizar la política hidráulica con el desarrollo urbano y el medio ambiente.

Por siglos se dejó que el monstruo se extendiera por la cuenca y, cada año, el agua regresará por sus fueros sin que podamos culpar a Tláloc, al águila o a la serpiente.

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