Los retos del uso agrícola del agua

04 octubre 2017 Agua

Redacción: Agua.org.mx

El agua es indispensable en la producción alimentaria. Su uso en la agricultura representa el mayor volumen de consumo a nivel global. El nexo —agua y alimentos— ha sido y seguirá siendo primordial en el establecimiento  de las sociedades.

En el contexto mexicano el sector agrícola orientado a la producción de alimentos, es heterogéneo en cuanto a su desarrollo —ocurre en zonas áridas o húmedas del país, en superficies planas o en laderas, en parcelas tecnificadas o de temporal, en terrenos comunitarios, ejidales o privados —pero también en lo que se refiere a su aporte a la producción nacional. Resulta de un proceso histórico de cambios en la política económica y de tenencia de la tierra, al que se suma la diversidad geográfica del territorio.

Estas condiciones enfrentan a la agricultura a retos que se han perpetuado en el tiempo o que han surgido en las últimas décadas, sobre todo en lo que se refiere  al uso y la contaminación del agua y el suelo —elementos fuertemente vinculados a esta actividad—. El impacto de la agricultura en el entorno se da fundamentalmente por los volúmenes de agua que destina al riego, y por la contaminación que genera por el uso de agroquímicos (fertilizantes, herbicidas y pesticidas químicos).

Riego

El reto en este tema  es incrementar la productividad es decir, hacer más eficiente la producción por área de terreno respecto a la cantidad de agua utilizada. Esto nos lleva a analizar las prácticas de riego que productores, agricultores y campesinos implementan. Las superficies con sistemas de riego producen 3.6 veces más que las superficies  cultivadas por temporal[1].

Veamos esto más a detalle: en México el uso agrupado agrícola que establece la Conagua,  consume el 76 por ciento del total de agua concesionada[2], por otro lado,  la encuesta nacional agropecuaria señala que la superficie agrícola total es mayor a 27 millones de hectáreas, de las cuales en el 81 por ciento casi 22 millones, se siembra[3] en un año agrícola (inicia el 1 de octubre). De esta superficie sembrada el 80 por ciento es de temporal y sólo un 20 por ciento tiene algún sistema de riego. Esta situación coloca al país en la sexta posición a nivel mundial, en cuanto a superficie con sistemas de riego. Las unidades con sistemas de riego junto con las de temporal tecnificado[4] son el 46 por ciento de la superficie agrícola, pero aportan el 80 por ciento de la producción nacional[5].

Pero el tema clave respecto al consumo del agua en agricultura no debe avocarse simplemente a incrementar la superficie de riego. De todas las unidades de producción agrícola en México, sólo el 12 por ciento cuentan con sistemas de riego. De estas el 78 por ciento utiliza un sistema rodado o por gravedad[6]. Si bien este sistema es mucho más eficiente que la agricultura de temporal, es el más ineficiente en cuanto a ahorro de agua. En el lado opuesto, los sistemas de goteo y de micro aspersión que son los más eficientes respecto al consumo del agua, son utilizados sólo por el nueve y el cinco por ciento de las unidades de producción.

Contaminación

La agricultura es la principal fuente no puntual de contaminación del agua[7]. En México el 69 por ciento de las unidades de producción utilizan fertilizantes químicos, su uso al igual que el de los herbicidas e insecticidas se ha incrementado en los últimos años —a diferencia de los abonos naturales, cuyo uso disminuyó 13 por ciento—[8]. Esto representa una fuerte carga de contaminantes que llegan a los cuerpos de agua por escorrentía, lixiviación, filtración o deposición atmosférica. Diversos estudios han evidenciado el sobreuso de pesticidas y sus impactos en la salud humana, a grandes rasgos éste se asocia al poco conocimiento sobre el manejo de pesticidas y a una baja percepción del daño real que involucran las malas prácticas[9]. El impacto ecológico de estos contaminantes puede ir desde pequeños trastornos hasta graves catástrofes ecológicas, con repercusiones en los peces, las aves y los mamíferos.

La  problemática del agua en la agricultura es bastante más compleja que afirmar “hay que hacer más eficiente la productividad, fomentar el cambio hacia prácticas adecuadas y reducir la contaminación”. Debe ser analizada desde una perspectiva holística.

Los retos del uso agrícola del agua son sólo un componente de un sistema mayor, con múltiples aristas. La tendencia gestada por la política a partir de la década de los 50 para industrializar el campo, fue la acumulación y concentración de la producción en un sector reducido de productores, en detrimento de un amplio estrato campesino que ha ido  en franca pauperización[10]. Adicionalmente, los acuerdos de libre comercio lejos de mejorar sus condiciones de vida, han generado mayor desigualdad y exclusión de su participación en el mercado.

El sector se visualiza cada vez más como un monopolio. Cerca del 60 por ciento del mercado interno es  controlado por diez empresas, lo que representa un problema para las más de dos millones de unidades de producción de temporal  menores a cinco hectáreas[11]. Existen además cacicazgos y redes  de intermediarios por las que la producción pasa casi necesariamente—concentrando también el comercio—; al no encontrar espacios para comercializar su cosecha, es común que los productores se vean forzados a rematar su producto. Seguramente usted ha visto algún campesino que, junto a su camioneta estacionada, vende sus productos a bajo precio en las calles de alguna zona urbanizada[12]. Por otra parte, los subsidios se concentran en beneficiar a los grandes productores, que por supuesto cuentan con importantes ventajas sobre los pequeños pero además, en programas como la Cruzada contra el hambre, se sustentan en acuerdos entre gobiernos y empresas como Nestlé y Pepsi Co, cuyos productos más que representar una buena fuente nutricional, contribuyen al incremento de la obesidad y afianzan el consumo de productos industrializados, generalmente poco nutritivos[13].

Este es el contexto con el que hay que lidiar: más de 38 millones de personas viven en localidades de menos de 15 mil habitantes. La población rural está dispersa —tanto que de las 199 mil localidades que hay, 196 mil tienen menos de 2,500 habitantes—, y más del 61 por ciento se encuentra en situación de pobreza[14]. Si queremos optimizar la productividad, cambiar prácticas y reducir la contaminación, debemos atender conjuntamente el tema de la autosuficiencia alimentaria, la demanda del mercado interno, el financiamiento eficiente y el acceso a la información.

Dicho esto, algunas prácticas que necesariamente deben fomentarse son:

  • El uso concordante con las características topográficas y el tipo de suelo. Si bien en la ganadería los jagüeyes son los clásicos sistemas de captación de agua, cuando hablamos de agricultura el manejo de la tierra es fundamental. Prácticas como la nivelación, el surcado en contorno y el terraceo, optimizan el uso del agua; son una manera de “captar” o “retener” el agua.
  • El uso de fertilizantes y pesticidas no químicos. Los fertilizantes orgánicos tienen diversas ventajas, su efecto contaminante en el suelo y el agua es mucho menor, mejoran la capacidad de retención del agua y mantienen la humedad en el suelo. El uso de bioinsecticidas por su parte, evita el efecto tóxico de los insecticidas químicos —sobre todo pensando en los ilegales o los que sobrepasan los límites permisibles—, permite controlar plagas resistentes a los productos químicos y reduce la necesidad de aplicar múltiples tratamientos[15].
  • La diversificación. Medidas como la rotación de cultivos, y la diversificación de especies que se producen en una parcela, disminuyen la vulnerabilidad de las cosechas y preservan la productividad del suelo. La milpa intercalada en árboles frutales (MIAF), por ejemplo, es una tecnología compatible con la agricultura tradicional, que hace más resiliente y eficiente el suelo, y lo protege contra la erosión[16].

Si bien estas son cuestiones fundamentales en la  producción agrícola, esta problemática está más cercana a usted de lo que imagina.

Los efectos del desarrollo agrícola en la disponibilidad de agua, le afectan particularmente   si usted vive en un estado del norte del país en dónde existen grandes extensiones agrícolas. Buena parte  del estrés hídrico que viven estados de climas áridos y semiáridos como  Sinaloa, Sonora, Chihuahua y Tamaulipas se agudiza con la agricultura que  ocupa el 36 por ciento del agua de uso agrícola concesionada en todo el país.

Por otro lado, la contaminación que generan los agroquímicos no sólo llega al agua y se dispersa a través de ella, también afecta la fertilidad del suelo y está presente en nuestros alimentos. Recientemente, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria de Argentina, hizo público un análisis de los productos en mercados de abasto urbanos; algunas frutas como los limones, las mandarinas o las peras presentaron  agroquímicos en más del 90 por ciento de la muestras;  de las sustancias identificadas el 87 por ciento fueron pesticidas, herbicidas y fungicidas no autorizado[17]. Ya mencionamos que en nuestro país se utilizan estos compuestos preponderantemente; no sería raro encontrar este tipo de contaminantes también en buena parte de las cosechas mexicanas

Aun cuando esta problemática demanda de soluciones creativas, innovadoras e integrales, existen tres cosas básicas que todos podemos hacer: en primer lugar, elegir, en la medida de lo posible, alimentos orgánicos. De esta forma estaremos fomentando el consumo de productos cuya contaminación del agua y el suelo es mucho menor. En segundo lugar preferir productos locales y de temporada, y esto es una invitación para elegir su mercado local en lugar del minorista transnacional, usted no sólo estará dejando su dinero en los pequeños productores, también contribuirá al afianzar los canales de comercialización de estos, a ocupar menos energía y esfuerzos de transporte, y además usted promoverá una mayor cohesión social. Por último, los huertos urbanos o de traspatio son una gran alternativa para producir parte de nuestros alimentos, si usted tuviera uno, tendría total certeza de qué está comiendo, y podría utilizar los desechos orgánicos mediante el compostaje.

Referencias

[1] González-Covarrubias, G.D. 2017. Agua y Agricultura. Ponencia presentada en el Foro Gestión Integral del Agua en México. Julio de 2017, Valle de Bravo, México.

[2] La Conagua lo denomina uso “agrupado” porque incluye el agua concesionada para el sector acuícola, pecuario y otros. De este uso agrupado, la agricultura por sí misma, representa el 89 por ciento del total concesionado, algo más de 58 billones de litros. Véase CONAGUA. 2016. Estadísticas del agua en México. Edición 2016. El 36 por ciento del agua concesionada para este uso es subterránea, pero este origen ha ido a la alza, actualmente de las unidades con superficie de riego, en el 40 por ciento se utiliza agua de pozos profundos; enseguida, los embalses y los ríos son las fuentes más utilizadas para el riego —31 y 23 por ciento respectivamente—. Véase REPDA. 2016. Registro Público de Derechos de Agua. (http://201.116.60.25/sina/index_jquery-mobile2.html?tema=usosAgua).

[3] INEGI 2015. Encuesta Nacional Agropecuaria 2014 INGEI-SAGARPA. Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

[4] Las unidades de producción agrícola de temporal tecnificado son aquellas con infraestructura orientada al manejo eficiente de la lluvia, por tanto, ésta se centra en obras de drenaje, caminos, etcétera.

[5] González-Covarrubias G.D. 2017. Op. cit.

[6] Cuando los productores utilizan sólo este sistema, no se puede decir que esté tecnificado; mas si recubren las canaletas por donde se conduce el agua, ya se considera con algún grado de tecnificación, en este sentido el riego por compuertas se considera tecnificado.

[7] De acuerdo a su localización las fuentes de contaminación pueden clasificarse en puntuales y no puntuales: las no puntuales son aquellas donde no hay un punto exacto de descarga de contaminantes.

[8] INEGI 2015. Op. cit.

[9] Pérez-Espejo, R.H. 2012. La contaminación agrícola del agua: aspectos generales y teoría. En Pérez-Espejo, R.H. (coord.) Agricultura y contaminación del agua. UNAM, Instituto de Investigaciones Económicas, 288 p.

[10] Torregrosa, M.L. 2009. Agua y riego: desregulación de la agricultura en México. Flasco.

[11] INEGI 2015. Op. cit.

[12] Conversación personal con Jaime Suaste-Aguirre, coordinador de Agua.org.mx (28/09/2017).

[13] Soria-Sánchez, G. y V.H. Palacio-Muñoz. 2014. El escenario actual de la alimentación en México. Textos & Contextos. Vol. 13.

[14] CEDRSSA. 2015. Encuesta Nacional Agropecuaria 2014 INGEI-SAGARPA. Reporte del CEDRSSA. Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria.

[15] Cantú-Sifuentes, L. et al. 2012. Bioinsecticidas vs. insecticidas químicos. CienciAcierta, no. 30.

[16] Turrent-Fernández, A. et al. 2017. MasAgro o MIAF ¿Cuál es la opción para modernizar sustentablemente la agricultura tradicional de México? Revista Mexicana de Ciencias Agrícolas. Vol.8 Núm. 5.

[17] Parrilla, J. 2017. Veneno en la heladera: el 60% de las frutas y verduras del Mercado Central tienen restos de agroquímicos. Infobae (3/05/2017) (http://www.infobae.com/sociedad/2017/05/03/veneno-en-la-heladera-el-60-de-las-frutas-y-verduras-del-mercado-central-tienen-restos-de-agroquimicos/).

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